Llamado a la solidaridad

viernes, 29 de mayo de 2009

Esta es una carta emitida por un vikingo a la administración del mercader para el cual trabaja... ¡pasen y vean!

De mi mayor consideración:

Acerco a ud. el presente correo electrónico con el motivo de satisfacer una necesidad (quizás superflua a la vista de los ojos poco entrenados), pero de vital importancia para un gran porcentaje de los seres con las glandulas olfatorias perfectamente funcionales, y estómagos impresionables. Si bien ante la crisis todo tipo de pedido podría catalogarse en "posponible", estimo que el presente tiene una tasa de costo/beneficio que es favorable a la gran mayoría de los empleados de la empresa (si no a todos).

El susodicho caso, es que al menos en el toilette de caballeros se encuentra usualmente un escenario desagradable, en el cual los gentiles hombres luego de hacer sus esperpentos digestivos utilizan (con toda razón y previsión) fragmentos de aquel rollo blanco que pende junto al sanitario.
Y el problema dista de esta situación, sino que radica precisamente en que ocasionalmente (no me arriesgo a decir "siempre") el personal dispensa esos fragmentos una vez utilizados y habiendo servido a su rol sociocultural, en el cesto de residuos, de modo que toda persona que lo suceda en la posición disfrutará de varios espectáculos individuales. A saber:
1. El aspecto repulsivo de un trozo de papel usado, dejado con el lado menos favorable a la vista.
2. El hedor acumulado que desencadena una cata que podría desembocar en un concurso por adivinar quiénes y cuántos han pasado por la misma situación en el día.
3. Un escenario exótico, similar a los baños más cotizados de las estaciones de tren.

Presentado el caso, la solución que viene a nuestra mente (ya que no soy el único que se percató de tan singular acontecimiento) es el de comprar esas piezas suplementarias necesarias para evitar el contacto directo oculo-nasal con los restos de la batalla. Simplemente pedimos unas tapas, dicho fácil y pronto, que nos eviten el mal momento.

Aunque pensándolo bien, no querríamos que nadie toque esas tapas con las manos que acaba de utilizar para cometer tal crimen... dado que el siguiente debería hacer lo mismo, y quizás la tapa se vuelva ahora un cúmulo de bacterias y gérmenes y todo tipo de animalejos invisibles que tanto enferman a la gente. En el peor de los casos, el problema del papel podría trasladarse al plástico superior, y estaríamos pidiendo un cubre-tapa prontamente.
Quizás la mejor solución es cambiar el sistema completo, por aquellos que convenientemente tienen aquel suministro inferior que sirve para, mediante efectos de la física que parecen ser causados por fuerzas demoníacas, levantar la tapa de modo de no necesitar tocar el artefacto más que con los pies, que ya vienen bastante preparados para tal asunto.

Sin mucho más que agregar, podría hacer extensiva la queja al toilette femenino, pero no me consta tal situación y no hay indicios de queja aparente.

Desde ya, muchas gracias por su tiempo,

1 acólitos opinaron:

Adrian Paredes dijo...

Arrg!
Yo soy un gentilhombre que también debe padecer la vegación descripta por el vikingo emisor de la epístola.
Tales ultrajes padecidos en las instalaciones sanitarias, sumados al calor intenso que nos recuerda constantemente que estamos lejos de casa, y el tedio irritante que ya de por sí implica el yugo del trabajo, hacen de nuestros días una batalla más terrible que las que hemos librado antaño en tierras bárbaras.

¿Cuándo será el día que nuestro mercader disponga un ambiente fresco, una buena ración de pescados y panes (léase: diez docenas de facturas por mañana) y féminas voluptuosas para saciar nuestra eterna sed de desenfreno, que nos fue conferida ya por el simple hecho de ser hombres.

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